Editorial desde la recepción


Uno de los hermanos Chang sufre de melancolía. Nosotros creemos que es el menor, aunque a veces nos parece que el nostálgico es el mayor. El problema no es tanto la melancolía, sino no saber cuál es el menor y cuál el mayor. El problema, la verdad, es no saber cuál es el melancólico.

Lo vemos con su taburete a la entrada del negocio, mirando a la calle, fumando en silencio, se pasa así la tarde entera y gran parte de la noche. A veces es la hora de cerrar y el tipo sigue allí como una estatua que mira al mundo pasar. “Señor Chang, disculpe, que estamos cerrando ya y hay que meter el taburete o se lo roban”. No dice nada, aplasta la colilla contra la suela, se levanta para que retiremos la sillita, y se queda mirando al mismo punto fijo al otro lado de la calle.

Después de darle vueltas y discutirlo llegamos a la conclusión de que el tipo tenía un guayabo brutal por su lejana China. Que seguro añoraba sus baños públicos, las letrinas compartidas, las peleas de grillos, los tés y los aguardientes chinos en medio de gritos y risas en chino. Y entonces sumamos los billetes que teníamos en las carteras para comprar dos grillos (uno para cada hermano), varios litros de cerveza Tsingtao y unos tés de hierbas milenarias (que vamos a llamarlos así porque nadie pudo leer lo que decían los caracteres en chino del empaque y ningún chino fue capaz de decir Pasiflorina o Valeriana en español) y les juramos que no compramos las letrinas ni los baños públicos porque se nos salían de presupuesto.

El día en que les regalamos a los Chang sus grillos de pelea, los tés y las Tsintaos se nos quedaron viendo con cara de “qué gente tan rara son estos venezolanos”. Dieron las gracias con una ligera inclinación de cabeza, pusieron los obsequios en el suelo y se sentaron ambos en sus respectivos taburetes a mirar el mundo pasar.

Esa misma noche, a la hora del cierre, los Chang levantaron sus huesudas nalgas de sus respectivos taburetes y, señalando simultáneamente a un punto fijo en la otra acera, dijeron algo que parecía sacado de un texto de Enrique Enríquez: “La M de Motel sugiere una cama distinta a la rígida H de los hoteles. Es una cama que no es para dormir”. Nosotros nos miramos con cara de “estos chinos son más raros que nosotros”, vimos en la dirección en la que apuntaban los índices de los Chang y entonces nos dimos cuenta de que se referían al motelito de la esquina con su M alumbrada por neones amarillos. “Todas las parejas entran allí como si ocultaran algo, pero cuando salen lo hacen con una sonrisa y un alivio que no se pueden esconder” dijo el menor. “Eso debe ser por lo de la cama en M. Quienes se acuestan allí están destinados a encontrarse en el medio” dijo el mayor. “Queremos un Motel Chang, para que la gente entre temerosa y salga feliz” dijeron los dos. Y, dada la orden, se fueron.

Nos dejaron las cervezas, los tés y los grillos. El mío va ganando el campeonato 3 a 1, ha crecido el doble y tiene algo de sobrepeso (si le hacen un antidoping le van a descubrir trazas de Tsingtao con hierbas milenarias, pero eso es un secreto).

En cada habitación pusimos micrófonos y cámaras ocultas. Los monitores de “seguridad” están aquí en la recepción debajo de un tablón negro. Es como vivir en una película las 24 horas. Este es el mejor trabajo que hemos tenido. Ojalá el Motel Chang no se nos acabe nunca.


Fedosy Santaella y José Urriola (recepcionistas)


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Te odio, Eloisa

Victoria Sequera




Siempre le pareció que su nombre era como de juguete sexual inflable, como de muñeca pervertida, como de video en computadora adolescente. Si una colegiala se inclina despacito, con su faldita de cuadros, a recoger un lápiz sin flexionar las rodillas, seguramente se llama así: Eloisa. Antes de meterse a puta era actriz. En lo que duró su carrera, llegó a ser: una "señora del pueblo", un arlequín, una bartender que decía "¿En las rocas?", un pez espada, una "Mujer 2" y un pie gigante de goma espuma para una publicidad de talco. Ad honorem, por supuesto.

Eloisa es, en sí misma, una propuesta indecente. Eso lo supo Nandor, el húngaro, el mismísimo día en que le dio por ver cómo se baila salsa en "El Callejón de la Puñalada". Tampoco es que ella bailara tan bien, pero con ese sexappeal atrofiado que tienen todos los pelirrojos, cualquier par de nalgas latinas lucía como una apoteosis de piel que ni Eros, ni Afrodita, ni Baco, ni nadie. Por eso se metió en ese antro, para que las voluptuosidades le sacaran los demonios.

El húngaro la miró de espalda y pensó que tenía culo de mujer agachada. Se paró, le tocó un hombro, la miró fijo, le metió 200$ en el sostén y le inclinó la birra para que brindara con él. "Utállak", le dijo con toda la lascivia con la que se le puede hablar a una mujer, y a ella el hambre le apretó tanto el entrepierna que se quedó quietecita, con el dinero en las tetas, esperando el momento en el que se la "Utállak" en el carro, o de "Utállak" mutuamente, o lo que fuera que le hubiese dicho el fulano gringo ese.

La amó obsesivo-compulsivamente en la habitación 32 del motel "El Dragón" durante unos 1600$ más. Pasaba lo mismo todas las malditas noches: llegaban y el recepcionista manoteaba y les hablaba un montón de paja en mandarín hasta que Nandor le gritaba "UTÁLLAK". Entonces, pasaba la tarjeta de crédito y entregaba la llave como por arte de magia. A esas alturas, el húngaro ya no quería 16 minutos de embestidas continuas para pasar el rato, no, lo que quería era comérsela viva. Quería desnudarla, acostarla y convertirse con ella en un entretejido humano sin nombre. Pero no podía. Mientras tanto, el chino de la recepción, también tenía un buen rato con la boca hecha agua. Quería asesinarla, picarla y convertirla en esas bolitas de carne humana, bañadas en salsa, que uno por convención social decidió llamar "pollo agridulce". Nadie nunca ha ido a un funeral de chinos.

Duraba poquito y ella no sentía nada. De este lado del mundo -las habitaciones se alquilan dos horas por la misma razón por la que se compran varias vueltas en las montañas rusas: que uno aguanta más de un vértigo. Pero nada, no pasaba ni un ratico y Eloisa ya estaba inmóvil, oyéndolo machucar frases post-coito en el inglés de las películas porno. Seguro el problema era ese, que ella no hablaba ni "papa" de inglés y el húngaro no lo entiende nadie. Que, entre sus piernas, no había "Oh, my God" ni "Eat my pussy" que valiera los furores uterinos. Que a Eloisa le gustaba el español, le gustaba que se la cojieran, así con "J", gargareando la saliva, y que le comieran el coño, así con "Ñ", con el tabique fruncido. "Ai don laic inglich" le dijo un montón de veces. Ni el inglés, ni el húngaro, ni el chino. Pero nada, "Utállak" y le daba la espalda, porque no podía hacer más nada.

Pasó más de un centenar de veces. "UTÁLLAK", "UTÁLLAK", "UTÁLLAK" y Eloisa guardaba el dinero y abria las piernas. Dieciseis minutos, "Ai don laic inglich" y el húngaro arrecho se daba la vuelta. Igualito siempre, menos la mañana 193, en la que un cuerpo bermejo amaneció junto a Eloisa con una nota amuñuñada dentro de la boca. ¡Te mataste como un maricón, maldita sea!, le gritaba ella mientras lloraba y le golpeaba el pecho con una cajita de Lexotanil. Los pelirrojos se enamoran para siempre y los hombres valientes se pegan un tiro, a todo el mundo le enseñaron eso, menos a Eloisa, que sólo sabía lo segundo. Se puso la pantaleta, agarró el resto de sus cosas y bajó corriendo a pedir ayuda porque todavía respiraba. "¿UTÁLLAK? ¿UTÁLLAK?", preguntaba el chino desesperado que tampoco hablaba un carajo de español.

Se escapó, caminó durante tanto tiempo y tan pensando en nada, que es incapaz de contar qué fue lo que le pasó durante -por lo menos- el siguiente mes. Sólo sabe que ahora trabaja en tanga y topless por entre los autobuses que quedan en el terminal de La Hoyada y que, en la puerta de la nevera, tiene pegado un papel arrugado y ensalivado que dice "Utállak, Eloisa". Después de todo, y aunque no lo entienda, ella y el húngaro tenían eso en común: Utállak, Eloisa. Nandor, por su parte, seguro está en un lugar mejor después de que el chino subió corriendo a "salvarle la vida" con un coleto, un machete y un pote Tupperware. ¿Hay algo más aterrador que un chino cagado de la risa?

UTÁLLAK, por cierto, significa "Te odio"

Habitación para tres

Luis Guillermo Fránquiz



I
Alberto anda en una vaina rara. Eso es lo primero que pensó después de pasar el peaje de Tucacas. Se mostró indecisa entre un CD de Bebe y otro de La Niña Pastori. Daba igual. ¡Qué arrecho! Tanto que se cuidó de caer en este papelito y mira tú las vueltas de la vida. Como para tirar serpentina, pues. Y eso que se lo preguntó, una y otra vez, pero él lo había negado. Todo lo que quería era pasar un par de semanas frente al mar, alejado de todo, en un ambiente rústico, un motel a orilla de carretera. Como si esa vaina fuera normal. Es que debió haber sospechado cuando se lo propuso la primera vez, y ella que se jactaba de no caer en esas trampas del matrimonio. Pero su instinto no le fallaba: Alberto andaba en una vaina rara desde que se empeñara en escribir esta nueva historia. Ella se lo había creído, quiso darle el beneficio de la duda, pero es que el instinto no se equivoca.

Qué arrechera tan grande. ¿Qué se creía? ¿Que ella se iba a portar como las otras y bajar la cabeza? No, no, no. Ella iba dispuesta a poner los puntos sobre los palitos. Uno por uno. Ya estaba bueno de tanta paja. Es que todos los hombres son igualitos, ¿ah? Una como una pendeja les cría los muchachos, los alimenta, les lava la ropa, los consiente, y ellos no saben hacer otra cosa que joder. Puro joder. Y su mamá también, nojoda, que tampoco ayudaba. Cada vez que podía metía la puya. “No discutas tanto, mijita, que eso espanta a los hombres”. Eso era antes, coño, que había que hacer todo lo que el marido dijera. Pero es que la iba a escuchar. Tanta vaina de venirse para la playa tenía que ser porque estaba citado con otra, eso era. Lo que le daba más calentera dentro de todo era que le vieran cara de estúpida, ¡a ella! Segurito que estaban riéndose de lo lindo, mientras la imaginaban en Valencia, ocupada con los muchachos, cuidando el negocio; pero no la conocían.

Salivaba recreando en su mente el momento de la llegada, el encontronazo, la cara de Alberto con los ojos pelados, el balbuceo, las explicaciones baratas; todo lo que ella anhelaba era demostrarle que había escogido mal con quien jugar. Coño, vale, si hasta le exprimió la última gota esa noche, para que no viniera otra a gozárselo. Dejó que le hiciera de todo, lo cansó, se lo mamó, insistió hasta que quedó que no daba más. Ella sabía que eso evitaría malos pasos, bueno, al menos lo supuso, nojoda. ¡Coño, vale, que arrechera tan grande! Es que era cierto: el que se enamora pierde. A los hombres hay que tratarlos con el látigo de la indiferencia para que se jodan bien jodidos. Al momento en que una baja la cabeza, ¡zuas!, y a llorar se ha dicho. Es que ya le extrañaba tanta consideración, claro. El muy perro lo que quería era estar solo, nada más. Cayéndole a cuentos con que iba a escribir una historia nueva, que necesitaba espacio, alejarse un poco, silencio, algo de paz para escribir bien, que ella se quedara con los muchachos durante esas dos semanas, que él se lo iba a retribuir en grande cuando terminara. Nojodas.

Y pensar que Mecha había pasado por la misma vaina. Y ella tanto que la aconsejó, que no se dejara joder, que se levantara, que luchara por su niña, que no le diera el gusto al imbécil ese de verla destruida. Porque todos los hombres lo que quieren es verla a una arrastrada, haciendo lo que ellos quieran, sí, papi, sí, mi amor, como tú digas, tan bello. ¡El coño de su madre, nojoda! Pero no iba a dejar que Alberto le hiciera lo mismo, claro que no. Ella lo iba a agarrar con las manos en la masa, revolcándose con la puta esa, porque seguro era una puta. Ay, coño, pero deja que llegue, Albertico Paredes, deja que llegue.


II
Dime una vaina: ¿tú crees que estoy siendo injusto? De pana. No esperó una respuesta inmediata. Ese tipo de cosas hay que pensarlas bien, masticarlas con calma. Prefirió concentrarse en la línea del mar, en ese oleaje espumoso que tantas ideas le brindara en los últimos días. Pero ni el agua, ni la brisa, ni la arena que se pegaba a la piel dijeron algo. Qué arrecho, ¿no? Y lo peor es que yo se lo dije, antes de casarnos se lo dije: mira, Michelle, es bueno que cada quien tenga su espacio, su momento de soledad para reflexionar, porque a mí me gusta escribir, vale. Se lo dije de buena manera, se lo expliqué bien claro, y ella de pinga, que no me preocupara por eso, que ella entendía. ¿Ah? Mira la vaina ahora. Chasqueó la lengua antes de tomar otro sorbo de cerveza. Dirigió la mirada hacia la derecha y se fijó en los detalles del rostro, en la historia que contaban esas ventanas visuales. Pensó que todo podría ser diferente si pudiera estar aquí todo el tiempo que quisiera, sin conflictos, sin reclamos hormonales. Coño, vale, la escritura es una de las vainas más importantes que tengo en la vida; escribir me salva de la locura, de la cotidianidad, de los demás borregos citadinos. ¿Es tan difícil entenderlo?

Esta cerveza parece un caldo, dijo. Estiró la mano y removió el hielo para sacar otra lata. Lo que no quería era pararse de la hamaca. Decidió que viéndolo todo desde allí, la vida frente al mar era mucho más cómoda, menos enredada. Yo quisiera ser como esos escritores de antes, que se perdían y todo lo que hacían era escribir, puro escribir, nojoda, y vivían de eso. Ese es mi sueño, ¿sabes? Observó con atención a su acompañante, rememoró en silencio las discusiones literarias de la noche anterior, el debate, la conversación tan nutritiva. Y mientras la brisa soplaba de nuevo, él pensó que le habría gustado encontrar aunque sólo fuera una parte de esa misma comprensión en casa, así no tendría que escaparse a estos moteles de mal nombre frente a la playa. Sí, todo sería más sencillo. ¿Seguro que no te provoca una cerveza?

Michelle llegaría en cualquier momento, lo adivinaba. Se preguntó cómo debería enfrentar la situación, qué decirle para apaciguar sus tormentas, sus berrinches; aunque consideró decirle la verdad esta vez, confesarle que no estaba solo, que sí, que tenía razón, que ya estaba cansado. Lo único relevante era mantener la historia cociéndose en sus entrañas, no perturbarla, dejar que alcanzara su punto exacto para pasarla al papel. No era fácil. Desvió la mirada hacia su derecha, junto a la palmera donde estaba colgada la hamaca. Detalló los contornos faciales, las manos sobre las rodillas, el relato que se leía en su mirada. Las posibles imágenes iban y venían, como las olas en la orilla, sugiriendo más que mostrando, susurrando más que diciendo. Si tan sólo tuviera más tiempo, si al menos Michelle no viniera en camino, si pudiera cerrar los ojos y esconderse del mundo, de los gritos de su esposa, de los peos cotidianos, de los convencionalismos, y apenas ocuparse nada más de este ser que aparecía para salvarlo de la abulia, de la página en blanco.
Por un segundo se visualizó frente a su mujer, contándole todo, dejando que ella intentara asimilar la verdad de su interior, permitiéndole entrar en su mundo particular; pero de inmediato supo que Michelle no lo entendería. Muy poca gente lo hace. Es mucho más fácil echar mano del apelativo de loco, de desquiciado. ¿Qué pasaba si él escogía ser diferente, llevar otro paso? Alguna vez llegó a leer sobre eso, algo escrito en un poema. ¿Era de Emerson? ¿O Thoreau? Tenía que ver con marchar con un ritmo propio, aunque eso significara alejarse de los demás. Y él estaba decidido a hacerlo, por fin. Volvió a girar la cabeza para contemplar el rostro que lo acompañaba desde varios días atrás, sonrió.

Mira: es Michelle, dijo. Llegó el momento. Tú, tranquilo, no digas nada. No le des razones para empeorar todo. Lo importante es que tú y yo estamos claros. Mírale la cara. Los ojos. Camina con ganas de matarme, lo sé. Cree que se las sabe todas porque me encontró aquí. ¿Qué dices? No. ¿Para qué se lo voy a contar? Ella no lo va a entender, nunca lo ha hecho. Cree que no la quiero, que nunca lo he hecho. Pero es que Michelle no me entiende. Yo quiero que ella sepa que la vida no es en blanco y negro, que hay matices. Aguanta duro que ahí viene con todo. Mejor bajar la vista. Y no abrir la boca. Es mejor dejarla hablar. A las mujeres cuando están arrechas es mejor dejarlas hablar, no interrumpirlas, que boten todo. ¿Ves? ¿Estás oyendo? Verga, se le ocurre cada vaina. Ella ya se pagó y se dio el vuelto. Coño, Michelle, si tan sólo pudieras ver el mar como yo lo veo en este instante, maravillarte con sus tonalidades, bajar la tensión y escucharme por primera vez. Sí, chica, me provoca hablarte de esta historia, contarte del agradecimiento que siento porque al fin la inspiración ha vuelto; si pudieras ser mi amiga otra vez, como al principio, cuando todo era más fácil.

No. Concéntrate. Presta atención a lo que dice. Muéstrate conciliatorio. No quiero más peleas, más discusiones, más de tú dijiste y yo pensé; coño, si tan sólo la vida fuera más fácil. Tiene los ojos inyectados en sangre. ¿O fue que lloró en el camino? Qué peo porque me vine a este motel frente a la playa. Esa vaina no tiene segundas interpretaciones, vale. ¡Me gusta el mar, coño! Si pudiera ver un rastro de ternura en su mirada, una señal de disculpa en la parte de atrás. Y es tan cínica que ni siquiera voltea a verte, ¿te das cuenta? ¿Ah? ¿Te fijaste? Ella quiere que el peo sea conmigo, con más nadie; o sea, tú no existes. Mejor así. ¿Cuál otra mujer? Buena vaina, pues. Verga, pero qué cabeza tan dura. ¿Cómo va a creer que todo lo que quería era encontrarme aquí con otra tipa? Qué arrecho, pana, hasta tiene más fantasía que yo. ¿Qué coño importa que me viniera a este motelucho miserable? Lo único que quería era estar lejos de todo, de cualquier distracción. ¿Qué tan difícil es entender eso, pana? Qué lástima, Michelle, que no entiendas. Qué lástima que tuvieras que echarte ese viaje para nada. ¡Aquí no hay otra mujer, coño! Pero tú, tranquilo; de esta salimos fortalecidos. Es más, chico, se lo voy a decir, se lo voy a decir todo, vale. Ya me tiene hasta los huevos con su vaina. ¿Tú sabes cómo es la verga, Michelle? ¿Tú quieres que yo te diga con quién estoy aquí, ah?


III
La idea fue mía. Sí, lo confieso. Pero él no quiere que ella lo sepa. Incluso a él le cuesta aceptarlo, no lo tiene muy claro. Se le hace difícil ordenar las ideas. El pobre se confunde de vez en cuando. No es nada fácil convivir conmigo, lo sé. Nuestra relación ha sido ambivalente durante mucho tiempo. Algunas veces él se cansa y se retira; otras, soy yo quien necesita alejarse para vivir otras experiencias, cumplir otros roles. Pero siempre terminamos juntándonos de nuevo, como un par de enamorados adolescentes. Creo que sin querer ya nos hemos acostumbrado a esta situación; es como nuestra rutina particular, una ligera concesión a lo aceptado.

Con respecto a este motel, pues lo asumo también. Yo lo quise así. Lo que pasa es que a mí me gusta el mar, el aroma del salitre, el ronroneo del agua que no cesa. Lo del motel también fue idea mía. Tengo un extraño fetiche por estos sitios sórdidos, mugrientos, anónimos. Siempre me pregunté cómo sería interpretar un rol aquí, convertirme en una de esas personas que uno ve difusa cuando el carro pasa muy rápido, un destello humano apenas, una cara sin nombre, unos ojos queriendo contar otra historia. Y todo en un sitio que no conoce la permanencia, porque quien se atreve a quedarse no lo hace por mucho tiempo. Un motel es como una estación de servicio, un sitio de paso, un cartel con nombre desvaído, poco más.

Pero a mí me gusta. Y él no protestó cuando se lo propuse. Discutimos las posibles tramas durante varios días, acomodando otros personajes, sacrificando páginas innecesarias, corrigiendo mentalmente la sucesión de hechos. Ya casi. Pero la mujer amenaza con estropear todo. Ella no entiende la dualidad de Alberto. Su doble vida. No entiende que él me necesita más que a ella. Suena vanidoso. No tengo otra forma de expresarlo. La verdad es que la cara de Michelle ahora es todo un poema. Me gustaría saber lo que cruza por su cabeza, el amasijo de reproches e incertidumbres que se forman contra su voluntad. Pobre mujer: tan doméstica, tan acostumbrada a sus reglas fijas; y pensar que ha convivido con este hombre sin imaginar su laberinto, sus voces, sus reproches. Porque lo único que le interesa es la carne dura para atiborrar la sonrisa que esconde entre las piernas. Eso se sabe. Casi todas son iguales. De allí vienen los celos. Si todas las mujeres se pudieran quedar con el sexo de sus maridos guardado en una gaveta, no habría conflicto. No, nada de nada.

A mí eso no me interesa. Puede hacer con el cuerpo de Alberto lo que le venga en gana, que lo exprima si quiere; lo que hay en su cabeza es diferente. Eso sí me pertenece. Allí mando yo. Más nadie. Aunque Alberto no lo entiende todavía. Yo lo dejo divagar al respecto, que vaya y venga, lo importante es poder contar mi historia, que ponga a trabajar esos dedos inútiles para otra cosa. ¿Tú sabes lo difícil que es conseguir una mente tan frágil? ¿Tienes idea de lo que cuesta encontrar un cerebro receptivo y dispuesto a trabajar por uno? No, vale. Todo el mundo vive a la carrera, con estrés, sin prestar atención a los pequeños susurros, pendientes del sueldo, de la comida, de la delincuencia, de los desafueros del gobierno. Yo encontré mi receptáculo y la mujercita esta no lo va a arruinar con sus pataletas y berrinches. Él jura que ella prefiere no verme. Yo escojo que sea así. El asunto es con Alberto. Poco imagina, a pesar de todo, que su mujer está ajena a mi presencia, a mi influencia. Lo que significo es sólo para Alberto, allí dentro. En cuanto a la esposa, lo mejor es que se busque a otro. Que arranque de regreso porque en este motel no hay habitación para tres.

El albergue

Cinzia Ricciuti



Porque allí, bajo aquel rayo sagrado,
toda crueldad es inocente.

Armando Rojas Guardia

Uno se llena.

Una vez adentro
ya no podrás salir,
como Venecia,
como las cosas inaplazables,
no eres tú quien las ve
son ellas las que te atrapan.

Reflejarás vergüenzas
en espejos obsesivos,
jugarás con el espasmo momentáneo
de ustedes dos multiplicados al infinito.

Compartiendo sábanas
con otros cuerpos de otros días,
intuirás lágrimas y sangres.

Un cierto asco
te llenará de miedo,
te impulsará a seguir.
Correrás desesperado
hacia eso que te deshace de alegría.

Te liberarás rápidamente,
desnudo
indefenso y silente,
cuerpo y orgasmos
cimas y miserias,
te esconderás del mundo allí adentro.

Sabrás de monstruos,
putas, misas y velas.
Compartirás fantasmas y lamentos.

Alguien luego,
intentará desinfectar tus humores
para que los otros no te intuyan,
pero será inútil,
tu grito
placentero y muerto
quedará en ti.

Malpensaremos tieso = Empalomareis sostén = Mariposas en moteles

Enrique Enriquez


ENRIQUE ENRIQUEZ: ¿Cuántas arañas han encontrado en una habitación de motel?

FEDOSY SANTAELLA: Hace años, cuando yo era el Espantapájaros que acompañaba a Dorothy por el mundo de Oz, me encontré una araña en una esquina de un motel. El motel era un palacio, pero la esquina sí era una esquina. Toda la noche me quedé viendo maravillado a la araña tejer su telaraña. Con las primeras luces me puse a escribir, y esto fue lo que me salió:

A media noche, en la esquina de la lujosa habitación verde en el palacio verde de Ciudad Esmeralda, el espantapájaros aparta con delicadeza la araña y se traga la red. Luego susurra:

“Por fin tengo alma”, y acto seguido escribe un poema estilo I Ching:

De espaldas a lo grande
contempla lo pequeño
lo inmensamente sutil.

JOSÉ URRIOLA: Dos arañas. La primera en la ducha, hice una ola con el pie y la lancé por el sumidero. Se agarró fuerte a la rejilla pero le lancé un tsunami a escala de varias olas consecutivas hasta que se soltó y se fue tubo abajo. No lo haría de nuevo hoy día, hoy me iría yo a otra isla antes de sacarla a ella de la suya.
La segunda caminaba por la pared. Era una gordita negra con rayas blancas. Me caen bien esas. Incluso les dejo que me caminen encima. Esta salió de detrás del copete y se fue caminando pared arriba. Ella se acomodó contra mi pecho y le olí el pelo, cuando levanté la cabeza ya la araña no estaba. Es un recuerdo feliz.

ENRIQUE ENRIQUEZ: ¿Alguna vez han perdido la memoria, momentáneamente, en un motel?

FEDOSY SANTAELLA: Una vez perdí la memoria de tanto intentar recordar la dirección de mi casa. Cuando desperté, las mujeres que me habían acompañado en el intento de recordar la dirección de mi casa se habían ido, y además descubrí que mis ropas no estaban en esa habitación, pero sí en la habitación que estaba al otro lado del espejo. Entonces se fue la luz, y volví a perder la memoria.

JOSE URRIOLA: No, en un motel nunca. Lo que he perdido es la memoria del motel. Fui una vez a uno y a las pocas semanas quise volver pero no lo encontré. He pasado varias veces a lo largo de años por esa calle donde juraría que estaba el motel y jamás lo he encontrado. Nada, ni vestigio, ni siquiera algo parecido. Es gravísimo olvidar un motel, te hace poner en duda muchas cosas que pasaron dentro y fuera.

Preguntarse varias veces en la vida: ¿será que me lo inventé? es un indicio de locura.

ENRIQUE ENRIQUEZ: ¿Cuándo hay que decir "ya basta"? ¿Cuánto pelo es demasiado?

FEDOSY SANTAELLA: Después de un nombre y una coma. Por ejemplo, "María, ya basta". Luego, debemos agregar algo más después del "ya basta". Algo así como: "María, ya basta, tu cara llena de pelos es demasiado". O: "María, ya basta, tu axila llena de pelos es demasiado". O: "María, ya basta, tu nariz llena de pelos es demasiado". Por lo general, el exceso de pelo se relaciona con el poco amor que una persona se tenga. Si esa persona se quiere poco, le salen pelos por todos lados, y deja de ser feliz. Las actrices pornográficas saben que mientras más pelos, menos felicidad. Por eso están todas depiladitas.

JOSÉ URRIOLA: Yo creo en la máxima de Hitchcock: la inteligencia es la capacidad de saber cuándo renunciar. Así que, cada cuanto, aplico a la vida eso que Hitchcock decía del cine. Creo que digo “ya basta” con mucha más frecuencia de lo que aconsejaría un libro de autoayuda, un psicólogo o una película de Hollywood. Pero es que hay que decir ya basta cada vez que uno lo sienta en el estómago.

Y exactamente eso pasa con el exceso de pelos: uno realmente no sabe cuánto pelo es demasiado, los sabe es el homúnculo que habita dentro de uno y que a veces no están en la cabeza sino en el estómago o más abajo. Cuando el homúnculo considera que el pelo es demasiado, uno sin ser consciente se acoge a aquello glorioso que decía Bartleby, el escribiente: preferiría no hacerlo.

ENRIQUE ENRIQUEZ: ¿Será que todo punto es una “pequeña muerte”, como el orgasmo francés?

FEDOSY SANTAELLA: Una línea es un punto que salió a pasear, dicen que dijo Paul Klee. Es decir, pareciera que el punto, a solas, no se complementa y no hace mayor cosa interesante. Es algo así como un libro a solas. Un libro a solas no tiene razón de ser, no existe siquiera. Todo libro necesita de alguien que lo vea, de una mirada que excite sus átomos y lo ponga a vibrar. Ni siquiera que lo lea, sino que lo vea, y ya, por ser mirado, se llena de la maravilla de ser un libro con sentido propio y ajeno. De este mismo modo, el punto necesita de algo que le otorgue excitación para que tenga valor. Un punto solo, no hace nada. Un punto solo es un discurso excluyente. Por otra parte, muchos puntos juntos, sólo impresionan, pero siguen siendo excluyentes, nada los une, ni siquiera un discurso totalitario. En cambio, un punto que se prolonga en línea es un punto que ha tenido un orgasmo. Mientras más orgasmos ha tenido ese punto, más hermosas líneas creará. Pero ahora viene la pregunta: ¿qué hace que el punto se excite de tal manera que se convierta en línea? La imaginación y la sensatez. Sólo la imaginación y la sensatez pueden convertir a un punto en línea. La imaginación y la sensatez son el principio de todo orgasmo, y todo orgasmo es una pequeña muerte que lleva en su germen la resurrección. Yo creo que toda persona que se precie de ser seria, debería resucitar por lo menos dos veces en su vida. Acá, queremos dar nuestro agradecimiento a Jaime Balmes. Que Dios lo tenga en su gloria.

JOSÉ URRIOLA: No lo sé, a veces el punto es una sana pausa, un respiro para que otro tome el testigo y libre por uno. Pero a veces sí que los puntos son mortales. Sí, siempre y cuando el punto del que hablamos sea el puto punto G. El punto G es un invento producto de un conciliábulo de brujos enemigos del amor y del sexo. Pusieron a todas y a todos a buscarse el punto G y a buscar orgasmos simultáneos y a buscar una fórmula matemática única e infalible para quererse bonito y rico. Y entonces la gente, ahora que sabe tanto sobre cosas en las que no es bueno pensar, folla peor y está más frustrada y se quiere mediocre y mal y eso sí que es el punto de inflexión para convertirse en muertos en vida.

ENRIQUE ENRIQUEZ: Según el poeta Serbio Milorad Pavić, las mariposas son misivas para la mirada. ¿Hay espacio para mariposas en los moteles?

FEDOSY SANTAELLA: En el orgasmo, un cuerpo de la mujer, se transforma en miles de mariposas. El hombre sólo tiene que tener los anteojos puestos. Lo anteojos adecuados.

JOSE URRIOLA: Nunca he visto mariposas en un motel. He visto, eso sí, taras negras, de esas enormes que se ponen en las columnas o en los marcos de las puertas. Dicen en el llano que esas taras negras anuncian la muerte de alguien que está dentro. Por eso les encanta un motel. Los moteles son los espacios de las pequeñas muertes.

ENRIQUE ENRIQUEZ: Estaba pensando que, si de verdad una mujer se transformase en miles de mariposas frente a mi, literalmente, seria aterrador. Eso pasa a veces, cuando una metáfora se hace realidad. ¿Les ha pasado a ustedes, dentro o fuera de un motel?

FEDOSY SANTAELLA: Rilke podría haber respondido: "Todo metáfora es aterradora". Cuando la realidad deja de ser una dura piedra, modificada por el dedo inquieto del arte, surge una nueva representación, extraña y hermosa, que sin duda ha de producir terror en el espectador, quien se da cuenta, de pronto, que se encuentra en otra realidad, siempre hermosa y horrenda al mismo tiempo, lúcida y cegadora a la vez. ¿Quién no siente miedo y alegría al ver a una mujer realmente bella? Es el terror de estar allí, en ese otro lugar, y extraviarse. El terror a volverse loco y de perder todo gesto cultural y volver a ser un animal primigenio que se tambalea torpe por el Paraíso Terrenal, riéndose sin parar con la risa del idiota. La súbita gloria de Hobbes existe en la posibilidad de la metáfora. De la terrible metáfora. Ahora, te digo, y tal como decía al maestro Cortázar en algún texto, quizás yo me he acostumbrado demasiado al hábito de creer en la realidad, porque hace tiempo que las metáforas no se manifiestan. Bueno, la realidad que ahora vivimos no está para metáforas. Pero recuerdo, sin embargo, algunas en mi pasado. Era joven y muy tonto, y cuando se plantaron ante mí en Perú, en Guatemala o en la Antártica, las contemplé con la soberbia o quizás la indiferencia que te da la juventud de aquellos años. O quizás no con indiferencia, pero sí con un montón de ideas contemplativas, orientalisas quizás, que te hacen pensar que toda maravilla está a la vuelta de la esquina. Hay que tener cuidado con esos actos contemplativos, pueden volvernos máquinas de la espiritualidad. Pienso también que hubo muchas metáforas que se confundieron con la locura (real, muy real) que ya yo tenía antes de verlas. Cuando estuvieron ahí, las vi desde la oscuridad de mis tormentos. Quizás estos sean los anteojos para ver las metáforas de la realidad: la locura. Como ahora soy un poquito más normal, entonces puede que haya perdido los anteojos. Quién sabe.

JOSÉ URRIOLA: A mí que por favor nadie se me convierta en mariposa frente a llos ojos. Lo encontraría tan hermoso como a Gregorio Samsa despertándose en insecto en el primer párrafo de La metamorfosis. La única metáfora que he visto convertirse en realidad fue una vez, en la Candelaria, cuando iba con una amiga y ella me contaba de un aguacero brutal que le cayó el día anterior y dijo: “chamo, yo sentí que se me caía el cielo encima”. Y en eso la doña del primer piso tropezó un candado que le cayó en la cabeza.
Allí me enteré que las metáforas hechas realidad sacan sangre y duelen un montón.

ENRIQUE ENRIQUEZ: ¿Ustedes creen que los moteles puedan ser el antídoto del lenguaje?

FEDOSY SANTAELLA: Parafraseando al apóstol Mateo, en la entrada de todo motel debería haber un cartelito que diga: "Por sus acciones los conoceréis". En los moteles además, la boca siempre debería estar ocupada en algo:

1) En lamer.
2) En chupar.
3) Para quien guste, chupando otra vez, pero del pico de una botella.
4) En producir sonidos primitivos y placenteros (el instinto animal destruye al lenguaje).
5) Hay quienes invocan a Dios en un remix exaltado (lo cual lleva al lenguaje hacia la destrucción a través del éxtasis místico).
6) En producir al oído narraciones cargadas de fantasía, lo que se convierte en un perfecto antídoto contra el lenguaje diario, cargado de vacíos, pomposidades y otros recursos retóricos que nos mantienen alejados de nuestra esencia (a todas estas, ¿cuál es nuestra esencia?).
7) En cepillarse los dientes, para no salir con el tufito a la calle.

Y así, en defenitiva, el motel es un antídoto contra las opacidades del lenguaje.

JOSÉ URRIOLA: Al contrario, son caldos de cultivo para nuevos lenguajes. Allí la gente se llama distinto, hace otros sonidos que no sabían que eran capaces, dicen cosas en voz alta que no se permitirían ni en una isla solitaria. Los moteles son una especie de ventana indiscreta acústica donde tú puedes poner al mundo en pausa y dedicarte a oír. Y entonces piensas esas cosas que nunca dirías: “pero qué será lo que le están haciendo” o “pana, esa mujer te miente, nadie es tan bueno” o “ah, entonces un gorila y un delfín sí que pueden aparearse”.

ENRIQUE ENRIQUEZ: Un motel es un hotel sin H, lo cual es curioso porque la letra H tiene una posición bastante vertical, mientras que la letra M parece un animal en cuatro patas. Sin embargo, en su libro Cristalografía Christian Bök nota cómo, mientras la letra M sólo es simétrica consigo misma si la rotamos 180 grados sobre su eje vertical, la letra H es simétrica consigo misma cuando rota 180 grados sobre cualquiera de sus tres ejes: vertical, horizontal, y en el sentido de las manecillas del reloj. ¿Se goza más en un hotel que en un motel?

FEDOSY SANTAELLA: Yo no sé por qué, pero el sexo en los hoteles guarda cierto recato que no se guarda en los moteles. En los hoteles, además, siempre hay alguna distracción: la piscina, la piña colada, la internet en la habitación, el restaurante con excelente comida, la recepción donde sentarse a ver pasar a la gente con sus bastones y bombines. El hotel está diseñado para mantenernos alejados de la habitación. Por más lujosa y cómoda que ésta sean, pareciera que permanecer en una habitación de hotel es un descalabro, una pérdida de tiempo. El hotel existe pues en función del museo y la feria que nos esperan afuera. En el motel, el museo y la feria están adentro. Ningún ejemplo mejor que los espejos que abundan en sus piezas. En el motel, permanecer afuera es un desperdicio. Allí se debe disfrutar cada segundo que pasas adentro. El motel está al otro lado del espejo del hotel. Si Alicia hubiera llegado a un motel, seguramente Carroll hubiera terminado escribiendo una novela pornográfica, texto quizás más sincero y parecido a su autor. Hay una frase de León Bloy que dice lo siguiente: "Los goces de este mundo serían los tormentos del infierno, vistos al revés, en un espejo." Entonces, ¿cada vez que entramos a un motel, entramos al infierno? Se sufre pero se goza. Se goza pero se sufre... en un motel.

JOSÉ URRIOLA: Se goza igual pero distinto. A veces el hotel es más como un vino tinto nocturno y el motel es más una cerveza a pleno sol y en medio de la calle. El hotel es comida caliente con los pies debajo de la mesa y el motel es una pizza repleta de cochinaditas ricas que se come con los dedos y se desborda. El hotel suena al Lost and Safe de The Books y el motel suena a esa cosa que tiene en el Ipod un pana, que no conoces pero que te gusta y te da risa y te dan ganas de hacer una road movie. Hoteles y Moteles, con sus haches y emes en todas las posiciones, son igual de buenos e igual de malos según lo (in)congruentes que sean con las ganas de los huéspedes.

ENRIQUE ENRIQUEZ: Si el hotel existe en función del mundo que está afuera, ¿será que el mundo existe en función de lo que está dentro del motel?

FEDOSY SANTAELLA: El espejo existe en función del motel, y no hay mundo que pueda contra esto.

JOSÉ URRIOLA: Cuando uno está en un motel, cuando estás de verdad, el mundo de afuera no existe. Volver al mundo es doloroso como un parto.

ENRIQUE ENRIQUEZ: ¿Qué pasaría si uno cuelga un espejo de obsidiana en un motel?

FEDOSY SANTAELLA: Brincaría desde el otro lado un azteca, y tendríamos que acudir entonces a Julio Cortázar y a Augusto Monterroso para que nos ayuden a devolver al azteca a su mundo. Pero claro, antes deberíamos hacer un ritual que trajese a ambos escritores a la vida, y para hacer ese ritual deberíamos traer a Aleister Crowley a la vida, y para traer a Crowley a la vida, deberíamos estar muy preparados, con todos los escudos protectores del universo, porque Crowley no es cualquier cosa. Total que, ante todas estas imposibilidades, el azteca andaría por ahí, viendo a ver a quién caza y qué corazones arranca, por lo que posiblemente aparecería gente muerta en el motel, y todo el mundo creería que se trata de una secta satánica, inspirada en Aleister Crowley, pero ya nosotros sabemos que no es así. Al final, el azteca saldría corriendo desnudo por la calle, con un cuchillo de obsidiana en la mano. Bajaría entonces por una avenida, pegando gritos, y justo a mitad de la misma, desaparecería, tragado por su propia boca, tan enorme de tanto gritar.

Así que, para evitar todo esto, recomiendo no poner espejos de obsidiana en los moteles.

JOSÈ URRIOLA: Los espejos de obsidiana en los moteles reflejan una imagen gótica de los amantes. Cada beso es devuelto como una mordida, cada envestida es una daga que penetra. El encuentro sexual se convierte en una batalla de dientes afilados y uñas que desgarran, cada gota de flujo corporal se derrama con idéntica cantidad de sangre. En los espejos de obsidiana se desenvuelve nuestra vida vampírica y los orgasmos en ese lado de la existencia serían insoportables en ésta (son hasta cincuenta veces más fuertes). Los espejos de obsidiana en los moteles son buenos para verse la cara que uno pondría -y que pondría ella- si fuésemos capaces de tolerar un orgasmo de esa envergadura.

ENRIQUE ENRIQUEZ: Me parece a mi que en los moteles uno asume una visión de túnel y se olvida de lo periférico. ¿Que creen ustedes que habría descrito Simonides, el supuesto padre del Ars Memoria, tras visitar un motel?

FEDOSY SANTAELLA: Hubiera dicho que el motel es un bote que flota en la inmensidad de una mar sin tiempo, entre cuatro paredes y guiado por el faro incandescente que busca las profundidades de una caverna donde naufragar.

JOSÉ URRIOLA: Se le hubiera ocurrido el término Motel. Y en esas 5 letras se acuñaría entonces todo ese universo de acciones y sensaciones que necesitaba nombrar y recordar.

ENRIQUE ENRIQUEZ: En 1975 el artista holandés Bas Jan Ader se aventuró al océano Atlántico en un bote de vela diminuto, como parte de su proyecto “In Search of the Miraculous”. Salió de California con la idea de llegar a Europa en un par de meses, pero nunca más se le volvió a ver. A los moteles también se va en busca de lo maravilloso. ¿No existe también el riesgo de desvanecerse?

FEDOSY SANTAELLA: Yo entré una vez en un motel, me desvanecí y salió otro idéntico a mí. Desde aquel entonces fui ese otro, y debo decir que me costó mucho volver a ser yo. Los moteles son una cuchillada de la locura.

JOSÉ URRIOLA: Sí, corre el riesgo de desvanecerse uno como huésped; pero se corre al mismo tiempo el riesgo de multiplicarse. Uno se atomiza, se disgrega en varios. Ya lo decía Borges que le angustiaban los espejos y la cópula porque reproducían a los hombres. En los moteles, ya lo sabemos, hay de las dos cosas.



Nueva York - Caracas, 2010

Boda de plata

Linterna Roja



Cierra la puerta con el pie mientras le desnudo
de un golpe.

A tientas,
su pene me roza el vestido y lo mancha. Pasos por el pasillo, 
mojo uno de mis dedos y se lo paso por el glande.

Me sube la ropa hasta la cintura y acaricia mis nalgas.
Se frota, me besa.

Huele a acero.

Bajo antes de llegar a la cama.
De rodillas, le huelo los cojones,
chupo su polla: se corre.


Las luces no funcionan. Pasos por el pasillo.
Ya suda.
Me coloca sobre un cojín en el vientre y separa mis nalgas con sus manos.

Besa y
lame justo en medio.

Dice que está rico.

Dibuja un semicírculo con la lengua, recorre la raja hasta que se pierde. Muerde la carne, la muerde, coge aire, la penetra con su lengua dura y con sus dedos.

Alterna: dos y dos.
Saliva, salivo.
Me folla despacio.
Me corro con la boca abierta.

La vuelta, cariño.

Su pene me roza la barriga y la mancha.
Pasos por el pasillo, me mojo un dedo y se lo paso por el glande.

Aprieta mis nalgas y las marca con sus dedos.
Fuerte.
Se frota, me besa.


Huele a acero.


Le mamo los cojones,
la polla, subo a ella: me corro.

Las luces no funcionan. Pasos por el pasillo.
Sudo
y le coloco un cojín bajo el vientre. Separo sus nalgas con mis manos.
Beso y le como justo en medio.

Está rico.

Dibujo un semicírculo con la lengua, recorro su raja desde las pelotas hasta que se pierde. Muerdo la carne -la muerdo- cojo aire, le penetro con mi legua dura y con mis dedos.

Alterno: dos y dos. Saliva, salivo.
Le follo. Se corre con un gruñido lento y

me despierto…


sola

en la cama.
Me despierto desnuda, despierta, sin cubrir y cierro los ojos de nuevo.

Vuelvo al sueño: me lo acabo.

Amanecemos él y yo despiertos. Las sábanas se han perdido durante la noche.
Me tiene envuelta con su propio cuerpo. Sus rodillas rozan mi espalda y su mentón descansa sobre las mías. Ha metido el brazo entre mis piernas y alcanza mi nalga con su mano.
La acaricia. Estoy irritada.

Abro los ojos. Sola en la cama me despierto. Miro al televisor y recuerdo que ayer me dormí mientras veía esa película.

Y allí,
soñé bonito.
Soñé un sueño húmedo.
Sueño contigo.


Eric Fischl. Motel, 1984.

Algunas fechas no olvidadas/Motel en Topeka

Humberto Valdivieso



Entretanto, aquí estoy en mi oscura demencia,
absolutamente solo con mi baraja de naipes y,
desde luego, con el látigo que Dios me dio.

Truman Capote


Septiembre. 1980. 4:30 AM
Una mujer, enferma, mira, a diario, a través de la ventana que da al poniente. No es puntual, aunque siempre lo hace cerca del atardecer. Abajo está el jardín. Un metro después la avenida. En la acera las camareras fuman, hablan mal y esperan impacientes a sus amantes. Tienen sexo el resto de la noche.

Esa madrugada hizo frío. Era la tercera vez que se asomaba durante la noche. Los bordes del marco estaban lamiendo sus extremidades. Las yemas de sus dedos presionaban el vidrio. Una de las camareras, que miraba desde los arbustos mientras soportaba las manos gruesas de un chico sobre la espalda, pensó: “amanecerá muerta una mañana”. “Sus labios aún estarán pintados esa mañana”. “Morirá sosegada, tras una fría noche de amor”.

El anciano gruñe, está fría su cama. No puede dormir porque la extraña. Ella quiere saltar y no lo hace. Agota sus ganas y el aliento de la despedida en cada intento. Envidia la fuerza de aquellos amantes que no ha dejado de ver. Aprieta los dientes. Pero los lamentos del viejo, sus aullidos de lobo, proscriben el deseo de la suicida.


5:00 AM. El día siguiente.
Luego de siete días de alcohol y encuentros furtivos con los mesoneros un poeta escribe: “Ella ve caer las ventanas, él siente el ardor. Y juntos se abren un ojal en la mejilla. Luego celebran, su noche; su inundación”.


Junio. 1981. 5:30 AM. (i)
-¿Eres capaz de perdonarme?
-No lo sé. A veces pienso en esos dedos que descansan bajo una almohada sin importar lo ocurrido noche tras noche. Sin embargo, las paredes son tan...
-Te equivocas. No hay tales paredes invisibles, ni ojos tras los espejos. Sólo nosotros. Tú en tu círculo y yo, aquí, tratando de moverme.
-Pero hay cientos de personas durmiendo afuera; tal vez por eso me arrepiento. Antes se trataba sólo de placer, de unas lenguas histéricas, de secretos.
-¿Y los policías? No olvides a los policías.
-Ellos sudan en las escaleras como la mayoría de mis amantes.
-Sí, tus escaleras; siempre manchadas por hocicos pintados y graffitis de dragones.
-Te amo.
-Despierta.
-Aún no va a amanecer.


Abril. 1983. 7:30 PM. (ii)
Hoy comienza el hormigueo del humo sobre la piel. Todo tropiezo queda suprimido mientras una triste vela enciende la habitación. La ansiedad sube a tu cama. Los amantes dejan su basura en cualquier esquina y continúan sollozando con vaciedad. Esta madrugada los cierres bajan frenéticos por la calle y las persianas caen doblegadas, sin detenerse en el descanso de la escalera. La palabra amor ya no está, escapó por la punta de los dedos. Y tu ciudad; Topeka, la ignorante, salta desde la ventana hacia el vacío liquidando a millones y pariendo a otros tantos. Luego el sol se encargará de secar la saliva y el semen. Cada palabra prohibida será desbordada del sexo oral a la sangre que baña el continente mientras los gestos, las caricias, las lágrimas y los gruñidos suben entre esos senos que vuelan libres tras una franela, bajan por el urinario, atacan a su prójimo, se queman con el café, toman el metro, el autobús, el olor de 110 que sudan en el vagón; luego un charco, un puesto en la tercera estación, la poderosa bofetada de Nietzsche, el salivazo vital, el culo de una descuidada, el ladrido del perro, los ojos de un ciego y alguna mano que se desbarata al caer la moneda del Dios te pague y la noche (pero no la noche, tu noche), esa que camina descalza sobre la hojilla aguardando el grito penetrante del minutero mientras unos dedos sucumben entre tus labios de hoy.


Septiembre. 1983. Hora indefinida .

Primera ronda (anotada a mano en una planilla de sugerencias)
El sommelier lubrica la mano entre los muslos de su concubina. La maestra de yoga está entregada a la meditación. El sonido pertenece al grito de sábanas y el silencio tiene su origen en esa postura donde alcanza el equilibrio. La paz de ella es parte de un alineamiento corporal y espiritual que permite la revelación. La sed de ellos es por el alarido que anuncia la llegada de la sangre a todas las cavidades del cuerpo, el olor intenso de la piel, la contracción de los músculos y el pubis levantado entre las sombras.

Segunda ronda (anotada a mano y escondida en el mostrador)
El dudoso gesto de aceptación cambia el destino de los tres adolescentes. Uno de ellos, saturado de pena y esperanzas, evita una mirada directa. Otro, el amigo más cercano, cierra las calles en su imaginación (sus padres nunca podrían llegar repentinamente). El que vive tres cuadras más arriba abre el e-mail desde su ipod y verifica el precio. Todos habían jurado (y mentido), frente a los padres, eludir el camino de las sombras. Aguardan al borde de la cama. Nadie quiere ser el último. Todos ruegan para que tarde en llegar el primer rayo de luna. (iii) 

Tercera ronda (Anotación casi ilegible encontrada en una servilleta. Escrita a mano por un poeta que pasó la noche en el bar junto a su pareja gay)

“…abismo saturado y seres sedientos que penetran la tierra buscando pertenecer al vientre circular, al primer gruñido de la soledad”.


Nota Bene: hubo otras miradas, otra gente y algunos encuentros. Esos no le apetecen a mi memoria y jamás fueron escritos.


____________
i. Diálogo inevitable.
ii. Nadie se fijó en la hora. Ocurrió cuando le tomaban el pulso y todo, al parecer, fue anotado a mano.
iii. A partir de esta noche han dejado de ser inocentes. Desaparecieron entre esas multitudes de muslos y caricias que habitan la fosa común de la madrugada.

Sófocles y la culpa

Kira Kariakin



Se sintió culpable. Se sigue sintiendo culpable y no lo puede evitar. Cada vez que suben por La Panamericana hacia La Orquídea o Las Vegas, o se llega a Guarenas a Las Puertas del Este la culpa empieza a morderle el estómago. Ni se diga a la entrada del Aladino o de alguno de los Dallas. Mientras más céntrico peor. La culpa se le mezcla con la paranoia de que los vean. No es pacatería, o por lo menos no lo cree así. Pero es que andar robando ocasiones en la casa de los suegros o de sus padres sencillamente era demasiado riesgo, y aunque disfrutaba el apremio, con ropa encima pero en operación comando bajo la falda, un buen susto bastó y sobró –casi los agarran- para eliminar la mezcla de excitación y peligro a riesgo de vergüenza. Se acabaron un día los orgasmos concentrados, rápidos y ahogados en el estudio, el family room, el comedor y la cocina. Decidieron lo del motel ese día en que casi los sorprenden. Se fueron a un sitio que les recomendaron, un edificio viejo y desconchado, escondido por Chacaíto, pagaron y se fueron al cuarto en donde sólo había un colchón de semicuero gris, mal cubierto con una sábana sin esquineros. Ya no hubo prisa. Finalmente, se verían desnudos por completo, se sentirían desnudos. Allí empezó todo. La tristeza del sitio, la precariedad, le jugaron la mala pasada. O eso creía. Sí, lo hicieron rico. Se saborearon lento, él se introdujo en ella con calma, mirándose en sus ojos para siempre. En esa mirada se gestó la culpa que más nunca le dejó. Al terminar, se dieron una ducha rápida y fría, bajo el chorro de un tubo que salía de la pared, en un baño sin cortinas, ni espejo siquiera. Habían ido al propio matadero. Él no sabía cómo explicarle al doctor lo que sentía. Por supuesto, el amor estaba allí firme, pero la pasión murió ese día, en ese primer motel, sobre un colchón curtido y antihigiénico. Ese día, en el que se dio cuenta que esa mujer sería la madre de sus hijos y en que la ternura y el amor se le mezclaron con asco y prurito matándole la pasión. Ella se rió divertida cuando él le preguntó si no se sentía culpable de haber ido allí. Claro que no, le dijo ella. Con las ganas que se había tenido que aguantar de loquear en la cama, de gemir a todo pulmón, de tragárselo con hambre, de pasearse por todas las posiciones imaginables, en definitiva de putear con él, se moría porque se decidieran a ir a moteles y ahora estaba feliz. Claro, ese en particular, no era la mejor opción para las siguientes ocasiones. Y al decir eso, se carcajeó. Él le explicó al doctor con angustia que se habían paseado por todos los moteles conocidos a petición de ella, y que cada vez que llegaban a uno nuevo, le aumentaba la desazón. Cada vez más, el deseo se le dormía al entrar en una de esas habitaciones de camas inverosímiles y decoración barata. A ella todo el asunto le afectaba de manera contraria, se ponía como loca, desde hacerle estriptises, usar accesorios cada vez más audaces, hasta incluso sugerirle citar a una puta y probar de a tres. Esto último él se lo tomó a chiste, pero no hizo sino alarmarle por dentro. La quería, ella sería la madre de sus hijos ¿cómo es que le hablaba así y se le ocurrían esas cosas? ¿Será que cometió un error al llevarla a un motel? ¿Sería que sus ganas desinfladas era culpa de los moteles?

El doctor escuchaba compasivo sin quitarle la vista desde encima de sus lentes. El paciente esperaba una respuesta, con los ojos aguados. El doctor miró el reloj de pared y dio gracias al cielo por los cinco minutos que quedaban de sesión. Le tranquilizó sin darle aparente importancia al asunto, diciéndole que lo que sentía era normal por lo cercano de la boda. Y que se sorprendería de saber cuántos hombres estaban en su misma situación, pero que no lo comentaban. Que lo de su novia era algo pasajero, estaba explorando su sexualidad y que se asentaría poco a poco, sobre todo después de la boda.

El paciente le miró entre aliviado y aún perplejo. No estaba convencido, pero por lo que le pagaba y el aire de sabiduría que le daban las canas al terapeuta, decidió creerle. Se despidió hasta la próxima semana sintiéndose algo liviano.

El doctor se quedó solo, mirando al reloj, luego desvió la vista y se la clavó al retrato de Freud que reinaba en el consultorio. Pensó que quizás el mundo fuera más sencillo, si Sófocles no hubiera creado a Yocasta y a Edipo, y si el viejo Sigmund no hubiera sido austríaco en plena era victoriana. Ojalá los nervios fueran sólo nervios, suspiró. Pensó con lástima que ese muchacho una vez en casa con su esposa, iba a extrañar sus días de motel, cuando se activaran el resto de las tragedias griegas en la psique de ambos.

El motel de los asesinos

Fedosy Santaella


Violentos y frágiles
Armando le dijo que escuchara, que se quedara quieta, que escuchara lo que le iba a leer. Lucía, entre sonreída e inconforme, dejó lo que estaba haciendo y se acostó en la cama, junto a él, el codo en la cama, la mano en la mejilla.

Habían llegado al hotel Santa Teresa la noche anterior, trasnochados, embotados por la fiesta del matrimonio y con los cuerpos desarticulados por el cansancio. Apenas entraron en la habitación, se tiraron en la cama y se pusieron a contemplar aquel espacio que les gustó por amplio y lujoso. Las fuerzas le alcanzaron para cambiarse y para ver unos minutos de televisión. Se levantaron al día siguiente, a las diez de la mañana. Aún entre las sábanas, Lucía le dijo a Armando: «Por fin libres». Él sonrió y la abrazó. Ya bajo la ducha, Armando intentó hacer de sus manos un par de veletas perdidas sobre el mar sinuoso de Lucía, pero ella lo detuvo con delicadeza. «Ahora sólo quiero besos», se excusó, y él no se opuso. Salieron y dieron algunas vueltas por los alrededores de la plaza Santa Teresa, llena de luz en sus cuatro esquinas y franqueada siempre por carruajes tirados por caballos. Después se metieron en un pequeño restaurante de comida típica. Almorzaron y, a la salida, Armando compró El Universal. Volvieron al hotel sin mayores desvíos. Querían descansar, ya tendrían tiempo para adentrarse en la maravilla de aquella ciudad colonial, y también para el desenfreno sexual de costumbre. En la habitación, Lucía se puso a revisar la guía de restaurantes. Buscaba un lugar bueno y cercano para cenar. Armando se puso a leer el periódico, y a poco se quedó dormido. Cuando despertó, Lucía estaba a su lado y lo veía a los ojos. Armando la besó en los labios. «Han pasado tantos años», dijo Lucía, y Armando volvió a besarla. Luego ella se metió en el baño y se duchó otra vez. Él buscó el periódico. Al rato, Lucía se sentó en la cama en panties y sin sostenes, peinándose el cabello mojado. No tardó en ponerse de pie y en empezar a buscar la ropa de la cena. Armando le dijo que había encontrado una crónica terrible y al mismo tiempo fascinante, y le pidió que la escuchara. Empezó a leer, pero Lucía entraba y salía del baño, cada vez más vestida. Desconcertado con el ajetreo, Armando le pidió que se quedara quieta. Lucía se acostó en la cama y ahí fue cuando él pudo leer con calma.

La noticia había ocurrido en la ciudad de Popoyán, capital del Valle del Cauca. Ella preguntó si sabía dónde quedaba eso, y él dijo que no, que ellos estaban en Cartagena de Indias, ciudad del norte que daba hacia el atlántico, y que no sabía más que eso. Siguió leyendo. Una pareja había fantaseando durante meses con un trío. Dos mujeres, un hombre, típica fantasía masculina. Después, aquel juego pasó a ser una posibilidad. Habían estado viendo videos lésbicos en distintos sitios de Internet, y ella se había ido acostumbrando a la idea de dejar que otra mujer se le metiera entre las piernas. Una tarde se fueron para un motel y llamaron a una chica prepago. Cuando la chica llegó, ellos ya habían tenido sexo varias veces, excitados, locos con la idea. Desnudo, intentando calma, él explicó lo que querían. La chica debía gatear sobre el cama hasta las piernas de la mujer, y meterse allí, a besar, lentamente. La chica se quitó la ropa, se inclinó sobre la cama, se puso en cuatro y empezó a moverse hacia la mujer. Cuando llegó a las piernas, cuando empezó a bajar besando, la mujer se puso nerviosa. El hombre quiso saber si la mujer estaba bien, pero ella temblaba, apretaba los labios y soltaba gemidos que no eran de goce, sino más bien de miedo, de miedo de animalito con ojos brotados. El hombre no sabía qué hacer; algo no estaba bien, lo sabía, pero al mismo tiempo estaba muy excitado, y por nada del mundo se atrevía a interrumpir la escena que tanto le fascinaba. La mujer, al borde del estallido, empujó a la chica con las piernas. La chica cayó al piso, se arrastró hasta su cartera y trató de sacar algo, pero el hombre, dominado por el instinto de una ira callada, se le fue encima y la pateó. La chica gateó hasta una esquina y allí se ovilló. El hombre revisó la cartera y encontró un potecito de gas pimienta. Se fue contra ella, la haló de los cabellos, le alzó la cara y le aplicó el gas. Ella se llevó las manos a los ojos y pegó gritos histéricos. La mujer, también de pronto enfurecida y temerosa del escándalo, dio saltos hasta chica. Con cada cachetada le ordenó entre dientes que se callara. La chica, por el contrario, pidió ayuda a gritos. La mujer y el hombre comenzaron a golpearla y a patearla. En cierto momento, dejaron de agredirla y se dieron cuenta de que había perdido el conocimiento. Intentaron reanimarla, la sacudieron, le dieron otras cachetadas. Incluso buscaron agua y se la echaron encima. No querían aceptar que la habían matado. Alguien empezó a darle golpes a la puerta, varias voces llamaron. El hombre y la mujer corrieron desesperados por la habitación, recogieron sus ropas, en su locura buscaban otra salida que no existía. Decían ya va, ya va, que ya les iban a abrir. Finalmente la puerta se abrió como si hubiera estallado y entraron los hombres de seguridad del motel, las mucamas y el gerente. Los de seguridad sometieron a la pareja, las mucamas pegaron gritos y el gerente corrió a llamar a la policía.

—Qué horror —dijo Lucía.
—Sí, ¿verdad? Qué violentos y qué frágiles somos —dijo Armando.
Lucía hizo unos segundos de silencio, como meditando, y luego preguntó:
—¿Por qué me leíste esa historia?
Armando también pensó otro tanto.
—No sé, quizás porque pasa en un motel.
¬Ella no dijo nada, se puso de pie y cambió el tema:
—Es hora de cenar.
Armando dejó el periódico a un lado y también se levantó.


Tregua en la cama
Cenaron en El Mercadito, un restaurante cercano al Santa Teresa decorado como un bodegón y con mesas distribuidas entre unos estantes repletos de delicatesses. La pasaron bien, pero no conversaron mucho. Quizás porque disfrutaban del ambiente, quizás porque así había sido siempre. Armando era por lo general callado, y Lucía respetaba sus silencios.

Después se fueron al hotel. Contrario a lo habitual, el sexo transcurrió sin inventos gozosos ni largas duraciones. Parecía haberse establecido entre ellos una especie de tregua a la agitación sexual. Abrazados, aún en la cama y sin palabras, se quedaron viendo la ventana grande de la habitación. En la oscuridad aún se veía parte de la muralla, y al fondo el agujero inmenso que era el océano sin límites. La ventana estaba abierta y entraba una brisa salada, reconfortante. Era como si unas aguas invisibles llenaran y atravesaran el mundo. Se separaron en silencio, como temerosos de despertar alguna bestia abisal, y en silencio se vistieron con sus piyamas. Ella cerró la ventana. Cuando regresó a la cama, él apagó las luces.


Cielo de agua
Cartagena, afuera estaba Cartagena. Y el desayuno del hotel, que era delicioso y tenía lugar en el área de la piscina, arriba, en la azotea del hotel. Por un lado, los techos antiguos, un campanario, el cielo azulísimo que se hacía agua en la piscina, ondas rutilantes, frescura; por el otro, muy a la distancia, los edificios modernos, altos, extraños en el contexto cercano de la ciudad amurallada.

Sin miedos a las hipérboles, se dijeron que aquel era el mejor desayuno del mundo. Arepa de huevo, pandebono, huevos con cebolla y tomate. Luego se fueron a la habitación, a cepillarse los dientes, a buscar las cámaras. Lucía lo besó de lengua antes de salir. Armando le agarró las nalgas, Lucía soltó una risita. Pero ambos, de mutuo acuerdo, dejaron el juego. Estaban listos para la luz del trópico, para las edificaciones coloniales, para los museos, para las divinas comidas de la ciudad amurallada. Afuera estaba Cartagena.


Hacer la muerte
Hacía unos minutos habían apagado la luz. Antes, ella había estado leyendo y él viendo televisión. Ahora, en la oscuridad, la voz de Lucía aleteó inesperada.

—La Muerte prefiere los moteles.
—¿Cómo? —dijo la voz de Armando, y luego su cuerpo giró hacia ella.
—Recuerdo a tus asesinos de motel y pienso que la Muerte prefiere los moteles.
Armando, ya frente a ella, sonrió. Le gustaba la invitación al juego de las palabras.
—De tantas muertes pequeñas, una muerte grande se acumula, ¿no?
—Los moteles son morgues que laten muertes vivas.
—Esa es una buena frase, mi bella poeta —admitió Armando, contento, y luego, ocurrente—: ¿Qué tal si hacemos la muerte?

Ambos se miraron, se lo pensaron y dijeron que no al mismo tiempo. El cansancio aún los derrotaba. Entonces se besaron, se dijeron hasta mañana y se dieron las espaldas.


Lobby zen y zapatos viejos
Afuera estaba Cartagena, sí. Pero también, afuera de la habitación, estaba el hotel. El hotel Santa Teresa, que era realmente encantador. Un antiguo convento rediseñado con gusto exquisito. Sentarse en el lobby, ver pasar a la gente, ser un testigo confortable del mundo era toda una experiencia zen. El ritmo del corazón bajaba, la respiración se prolongaba y una membrana tibia cubría cada poro de la piel. Estuvieron allí sentados largo rato, sonriendo embobados, sin ganas de hacer nada más; ni de subir a la habitación, ni de salir al sol, ni de hablarse. Era simplemente estar allí, en la recepción del hotel, ombligo del mundo, árbol eterno, sombra infinita.

En algún momento decidieron rasgar la película protectora, y se montaron sobre la ruta del castillo San Felipe de Barajas y de los famosos Zapatos Viejos. La fortificación quedaba lejos, pero animados de pronto con la ciudad, acordaron que sería bueno caminar. Una hora más tarde no sabían dónde estaban. Empezaron a discutir. Él le reprochó que ella no sabía leer mapas, ella que él era un necio que no hacía caso. Terminaron gritándose en una calle solitaria, húmeda y pegada a la muralla. Era la primera vez que se gritaban. Ella zapateó y se alejó. Él tomó la ruta contraria y a mitad de camino se devolvió. La tomó del brazo, ella se sacudió y volvieron a gritarse. Quedaron tensos, rojos, desorbitados. Nada más se miraban, se miraban con rabia. Ella empezó a llorar, se le tiró sobre el pecho; él la abrazó y la consoló. Ella lloró como jamás él la había visto llorar. Luego caminaron hasta una plaza y se sentaron en un banquito, a la sombra de un marañón. Ella se recostó de su hombro, él le pasó el brazo por detrás. Ella rompió el silencio:

—Yo no me esperaba esto, no me lo esperaba.

Él no dijo nada, y la atrajo hacia su pecho. Ella se dejó, y volvió a llorar.

—No puedo olvidar la historia del trío en el motel —dijo ella más calmada.
—¿Vas a seguir con eso?
—De verdad, no he podido olvidarla. Anoche, y también hoy, en el lobby. Me cayó encima, como si una luz quemante diera un brinco desde la nada. La veo a ella, ¿sabes?, a la mujer. La veo en blanco y negro, como en cámara lenta, golpeando. Su rostro, trastornado, apretado, feo. Lo tengo ahí, muy de cerca, como si yo fuese su víctima, la receptora de su furia y de sus golpes. Y todo esto ocurre en silencio. Es un silencio que muerde, que me aprieta el cráneo, que enloquece. Prefería escuchar los gritos. Los gritos de ella, los míos…
—Mi amor, ya te dije que yo sólo quería contarte algo que me pareció interesante. Discúlpame, de verdad.
—Un asesinato en un motel.
—Sí, lo sé… Pero olvídalo, no es nada. Deja todo eso atrás.

Él puso su mano bajo el mentón de ella, y así alzó un poco su cara.

—Todo va estar bien, mi amor. Todo va estar bien.

Ella soltó una risita.

—Como dices tú, yo sólo quería.
—¿Qué querías? A ver, dime.
—Ver los Zapatos Viejos. Parece que están justo detrás del San Felipe.
—Los Zapatos Viejos, ¿más que al castillo?
—Sí, más que al castillo. Los Zapatos Viejos son una bonita metáfora de lo que se fue y ya no es. Querer a Cartagena, la alguna vez heroica, es igual a quererla como se quieren a unos zapatos viejos.

Él pensó en las palabras de ella, y luego dijo, reflexivo:

—Oye qué bonito. Qué bonito y qué triste.
—Así dice el poema de Luis Carlos López.
—Querer lo que fue grande como se quiere a unos zapatos viejos.
—Sí, así.

No dijeron más y se pusieron de pie. Caminaron hacia la muralla tomados de las manos. La subieron y siguieron sobre ella, en silencio, lentamente, ya separados.


La tina de los inquisidores
Se enfrascaron en un par de discusiones más. Un día, ella propuso comer en el hotel. Armando se molestó muchísimo. No tenían tanto dinero así, dijo, estaban recortados con los gastos; debían ahorrar. Desde el inicio, le recordó él, habían acordado que ahorrarían en los almuerzos o en las cenas, pero que nunca, en toda circunstancia, irían a restaurantes muy costosos. El del hotel, sin duda, lo era. Lucía tuvo sus argumentos; dijo que la Luna de Miel no se repite dos veces, que debían disfrutar, que habían esperado demasiado por aquellos, y que además el hotel era magnífico. Armando no negó nada de aquello, pero habló de nuevo del trato previo. Ella lo llamó cuadrado; él descocada, y casi estuvieron a punto de gritarse de nuevo. Al final, no cenaron y terminaron molestos sobre la cama, sin hablarse. Y sin sexo.

La otra discusión, más inocua aún, se produjo al día siguiente y frente a la tina de los inquisidores en el Museo Histórico. Acababan de enterarse que una de las maneras de detectar si una mujer era bruja o no era sumergiéndola hasta la muerte en aquella tina de agua pesada. Se consideraba que los poseídos por el demonio eran más livianos, pues habían perdido los gramos del alma; así que si la mujer flotaba en aquella agua pesada, era porque había tenido tratos con el demonio. Si permanecía en el fondo, muerta de todos modos, se declaraba su inocencia.

Armando, le susurró a Lucía:

—¿Y si hacemos esa prueba contigo?

Ella soltó una risita y también dijo en voz baja:

—No me hables tan de cerca, tienes mal aliento.

Armando no replicó, pero ya en calle, volvió sobre el tema:

—Con que tengo mal aliento.
—Sí, lo tienes —dijo Lucía descarnada.

Armando dijo que nunca antes ella le había hecho tal acotación. Pero claro, como ahora estaban casados, ella se creía con el derecho a decir cualquier cosa. Luego agregó que el matrimonio transforma a las mujeres y las vuelve serpientes. Lucía se enfureció y le espetó que el matrimonio efectivamente transforma, que convierte a los maridos en niños llorones y dictatoriales. Estuvieron a punto de gritarse otra vez, pero la calle reventaba de gente y además caminaban a paso apresurado hacia cualquier parte, intentando huir de la furia que llevaban por dentro.

Tampoco tuvieron sexo al acostarse. Pero en la madrugada, Armando se despertó y empezó a moverse inquieto sobre la cama. Luego se sentó de su lado, dándole la espalda a Lucía. Ella despertó y giró hacia él.

—No puedo dormir —dijo Armando sin esperar la pregunta. Lucía se limitó a acariciarle la espalda—. Ahora soy yo el que piensa en el motel. Ahora soy yo quien ve. Pero yo lo veo a él, golpeando, mostrando los dientes, rugiendo.

Lucía no dijo nada y le pasó los dedos por la espalda. Luego, él se acostó, muy pegado a ella. Se entrelazaron mudos, casi culpables, en un duermevela que no los dejaría saber si el sexo ahogado que tuvieron formó parte de lo real o de un sueño borroso.


La muralla de Cartagena
El resto de los días que les quedaron pasó sin mayores quebrantos. Pero aquella paz tuvo que pagar su precio. Fue como si cada quien se hubiera ido a vivir dentro de sí mismo, dentro de una Cartagena aérea pero inexorable en su muralla de silencios. Los paseos y las comidas relucieron con la tranquilidad cansada de aquellos que fueron a la guerra juntos, y el sexo hizo su aparición sólo la última noche antes de su regreso a Caracas. Más que sexo fue un ajetreo torpe que buscó acabar en breve y que breve fue. Después se quedaron en silencio, y se durmieron, sin hablarse.


Destino final la morgue
Llegaron a Caracas el domingo siguiente a las doce del día. A su apartamento en Santa Fe Norte, a las dos y media de la tarde. Dejaron las cosas, y casi huyendo por acuerdo tácito de la pesada intimidad del apartamento, decidieron salir a comer algo. Armando manejó, pero en lugar de ir a un restaurante, agarró la ruta de El Rosal y se metió en el primer motel que encontró. Lucía se mantuvo hierática.

Entraron a la habitación besándose y tocándose como locos. Se desnudaron sin más, se echaron en la cama y empezaron a hacerse las mil cosas que les gustaba hacerse, a ratos con desesperación, a ratos lentamente, siempre hurgando cada intersticio, siempre tocando, lamiendo, disfrutando. Una hora, más de una hora. En eso estuvieron, sin parar, sin hablarse, sólo moviéndose sobre la cama, descansado un poco pero igual tocándose. Tras el último orgasmo en conjunto, se quedaron tumbados sobre la cama, exhaustos. Se vieron, se miraron fijamente como no se habían visto desde Cartagena, y comprendieron.
—Estuvo como antes, ¿no? —dijo Lucía.

Armando asintió con la cabeza.

—Cuando todo era clandestino —respondió Armando, luego desvió la mirada hacia el techo. Ella buscó su mentón con la mano y lo hizo verla de nuevo.
—Casarnos fue un error, ¿verdad? —dijo Lucía. En su voz no había reproche, y sí mucha ternura.

Armando no respondió, no hizo ningún gesto.

—Matamos algo, somos como los asesinos de tu noticia —continuó ella.
—Sí, matamos la fantasía, la hicimos realidad —respondió Armando.
—Lo que había era esto, ¿no?

Armando tardó en responder. Luego susurró:

—Sí, esta muerte llena de orgasmos.
—Los moteles son morgues —dijo ella.
—Sí, morgues que laten muertes vivas —dijo él.

Golden Star

María Ignacia Alcalá



(UN PORTAZO. Y LUEGO DOS PAres de pasos que se alejan con lentitud.)

Su hermano menor fue el de la idea: comprar un hotel. Él al principio no quiso, le pareció que sería muy costoso. Para él hotel significaba flores frescas a cada metro, sonrisas pegadas en las caras, uniformes blancos, manteles blancos, ventanas blancas. Su hermano le explicó que no, que no era un hotel así. Iba a ser un motel. Un lugar de paso, sin lujos. Con espejos. Le dijo que él se encargaría de toda la remodelación, que tenía el negocio en la mano, que el lugar se llamaba “Golden Star”. A él se le iluminó la cara: la estrella dorada. Recordó aquel cuento que leyó en el periódico una vez y en el que había un viejo Chang que se encargaba de “La estrella de China”. Por un segundo se imaginó arrugado y soltó una risa corta. Su hermano menor insistió con ansiedad disimulada. Él dijo que sí, por qué no, qué más da.

(se oyen desde lejos unos tacones que ahora esTÁN CASI EN FRENTE Y LUEgo pasan hasta el otro lado del corredor.)

Lo que sabía de las reparaciones del sitio lo escuchaba a medias en conversaciones de su hermano con albañiles y cristaleros o lo veía en los estados de las cuentas conjuntas. Lo que sí sabía con certeza era que una profunda devoción, impregnada por su hermano, se respiraba en los trabajos que se le estaban haciendo al Golden Star. No entendía por qué.

(UNOS PIES ARRastran una bolsa plástica llena de sábanas sucias, pero paran cuando UN GRITO Y UNOS PASos rápidos llaman su atención.)

Él se decidió por fin a ir. Ya el lugar tenía unos meses funcionando y los números decían que iba bien.
Cuando entró no vio flores ni blancura. No estaba iluminado ni era lo que creía: sintió calma. Bostezó y pidió un cuarto. El recepcionista, que al igual que el resto de los empleados había sido entrenado para reconocerlo, le dijo que había una habitación reservada especialmente para él, en la que nadie nunca se había quedado. Le entregó una llave unida a un llavero de plástico grande y burdo. Se desplomó sobre la cama sin quitarse los zapatos. Se durmió al instante.

Lo despertó la voz de su hermano a través de la pared. Hablaba despacio, como si le doliera pronunciar palabras. Había también gritos de una mujer. Él, desorientado, se levantó, abrió la puerta y salió hasta el pasillo. Vio a su hermano menor metiéndose la camisa. Lo llamó y consiguió que volteara. Su hermano soltó una lágrima desde su ojo izquierdo. Una lágrima; nada más. Como si el otro ojo ya hubiese llorado. Ahora entendía. Recordó los tiempos en los que a él le tocó llorar sus últimas lágrimas y casi sintió otra vez el hueco que hace el dolor debajo del cuello. Le extendió la mano. Su hermano la estrechó y se fue con prisa. Él volvió a su cuarto y se sentó sobre la cama. Más tarde escuchó otra vez a la mujer y después un portazo.

(hay dos pares de pasos vacilantes que van acerCÁNDOSE CON DOS VOCES. LUEGO EL FORCEJEO CON LA CERRADURA, UNA CARCAJADA Y UNA PUERTA QUE SE CIERRA.)

Su hermano menor no volvió nunca al Golden Star. Se ocupaba de la administración con diligencia, pero no lo vieron más. Él por otro lado, empezó a quedarse en su habitación con más y más frecuencia. Cuando iba a salir de día, la luz le hería los ojos y adentro estaba oscuro y la gente sabía su nombre. Cuando era de noche, lo más lógico era ahorrarse el camino hasta otra cama. Los sonidos de las puertas y los pasos comenzaron a parecerle familiares. Algunos no se repetían, los de la gente que va sólo una vez. Otros, se hacían cíclicos, rítmicos, casi musicales. Y a veces, cuando le toca estar en su casa, le pide a un sirviente que camine y haga ruidos para que él pueda dormir sin insomnio.

El sueño de los insomnes

José Urriola



Tú le dijiste yo soy insomne, insomne grave; y ella dijo qué casualidad, yo también. Y a ti te gustó, te gustó un montón, porque estaba buenísima, porque tenía un culo como para montar una casa y quedarte a vivir dentro, y, sobre todo, porque siempre has creído en esas estupideces de que la gente es especial porque oye la misma música que tú, porque le gustan los mismos libros, les fascina la misma película que a nadie más y porque sufren de las mismas taras que tú.

La siguiente vez que le hablaste fue para confesarle que tenías varias semanas sin poder dormir de tanto pensar en ella. Que tu mujer estaba preocupada, que no sabías qué mentira inventarle, que además le estabas confensando todo esto a ella ahora mismo con el máximo respeto y sin dobles intenciones: que yo sé que tú eres casada y que ni de vaina nos meteríamos ninguno de los dos en un lío así, eso lo tengo clarísimo. Estabas seguro de que así lo exorcizabas todo, te lo sacabas de adentro y de encima. El insomino se te parece tantísimo a la locura que a lo mejor te tomabas un revulsivo y lo terminabas vomitando todo como en una mala resaca. Lo dijiste desesperado, con las manos sudorosas, la barriga fría y con la mandíbula tembleca, tanto que te mordías la lengua al tratar de hablar. Ella te miró con esos ojos sin fondo, con esa mirada que siempre miraba otras cosas que estaban en otra parte, y te dijo: pues yo estoy harta de que te me sientes en la cama todas las noches y no me dejes dormir. Y tú te quedaste callado, porque no tenías palabras ni ideas y la verdad es que todo hubiera sido una idiotez menos quedarte callado. Así que ante tu silencio ella siguió solita y te dijo eso mismo que estabas esperando pero que hubieras preferido que nunca te dijeran: esto se arregla en un solo sitio, la cama.

Quedaste (bueno, quedó ella y tú asentiste) en que se encontrarían el miércoles a las 4 en La Paraulata, una fuente de soda cerca del motel Alabama, de allí se irían a pie las dos cuadras hasta la habitación donde habrían de matar esa culebra por la cabeza. Una vez en la recepción, pagaste, te dieron la llave de la 401 y el control remoto del televisor. El ascensor está al fondo a la izquierda, cuando acaben (hincapié en “acaben”) dejen la llave y el control en la caja de madera que está frente al ascensor, dijo la mujer de la recepción cuya boca estaba coronada con un bigote impresionante.

Apenas cruzaste el umbral la besaste con toda la boca abierta y le metiste la lengua hasta los senos paranasales, diste un taquito a la puerta y la cerraste sin dejarla respirar. Le metiste mano por debajo de la blusa, la tocaste por encima de las pantaletas, le mordiste el lóbulo de las orejas y le lamiste el cuello. Fuiste tan torpe que chocaron los dientes y le clavaste un comillo en el labio; ella se reía y te decía qué bruto que eres, cabrón. Cosa que te gustó y que te puso el doble de bruto.

La desnudaste y te desnudó. Le hiciste todo eso que querías y luego ella te preguntó que por qué no habías hecho aquello otro y tú le dijiste que porque la respetabas y ella te dijo pero es que yo estoy aquí es para que me irrespetes. Y tu cara de idiota fue el doble, si te la muestran en una foto no te reconoces.

Bueno, para ser la primera vez estuvo bien, estuvo rico, fue fuerte pero tampoco dirías que pirotécnico. Digamos que del 1 al 10 para ti fue un 7 (para ella, nunca le preguntaste por temor a la respuesta, fue un 9.5, cabrón, que si te lo llega a decir todavía estarías viviendo de esa renta). Caíste fulminado con la cara contra la almohada. Ella se echó a un lado, roja, sudada, despeinada. Compartieron algo parecido a un gruñido con una risa. Ella te lanzó un muslo sobre los tuyos y, así, empiernados y felices, se durmieron. Dormiste como hacía años no dormías, como si alguien te hubiera bajado el interruptor, o como si el dedo gigante de Dios, por fin, se hubiera apiadado de ti y te hubiera tocado en la frente: duerme ya infeliz.

Despertaste no sabes cuántas horas más tarde. Te dolía hasta el cuero cabelludo, pero era un dolor rico, estabas deliciosamente apaleado. Son las 11, carajita, en nuestras casas deben estar preocupados. Mierda, nos quedamos dormidos, dijo ella. Levantó el muslo y te zafó de la calidez de su entrepierna, se metió en la ducha y a ti te dio un poco de asco que lo hiciera sin chancletas, seguro que iba a agarrar un hongo o algo de eso que se coge en las duchas de motel; pero luego te dio ternura, te metiste con ella y la abrazaste por detrás, le diste besos en la nuca, el pelo, la espalda, le dijiste cosas al justo volumen para que no pudiera escucharlas y lloraste en silencio dos segundos de puro agradecimiento.

Le juraste que eso que había pasado en la 401 no volvería a pasar, que era para sacarse las ganas de los huesos, como un tratamiento altamente agresivo, una cirugía con quimioterapia para ese cáncer que era el insomnio. Se lo juraste por ti, por tu mujer, por ella y su matrimonio, por todos. Ella no juró nada. Cualquier cosa, si todavía necesitas una dosis más nos vemos el viernes a la misma hora y en La Paraulata, fue todo lo que dijo al ponerse los zapatos y salir con su bolso. Tú dejaste el control y la llave en la caja que había señalado la bigotuda.

Y a las 4.30 del viernes ya estaban otra vez en la 401 del Alabama, pero esta vez se besaron menos, se metieron menos mano. Ella se lanzó a tu lado y te recostó su hermoso culo al bajo vientre. Vamos a dormir un ratito que estoy muerta, dentro de una hora lo hacemos. Y a ti te pareció bien. Hundiste la nariz entre sus greñas, en ese momento juraste haber encontrado el olor de la felicidad que se parece tanto a la calma y te dejaste ir por fundido a negro, como una luz que se apaga con un dimmer.

Despertaron y eran pasadas las doce. Se vistieron a toda carrera, se besaron en el ascensor. Te juro que el martes sí que hay sexo, dijo ella. No te preocupes, estuvo bueno dormir, respondiste; y no fue por cortesía, lo dijiste del estómago.

El martes en la 401 te desnudó y la desnudaste, te dio un beso casto en la punta y otro en los labios. Cerró las persianas y levantó las sábanas heladas. Vente para acá, dijo sin decir nada, golpeando el colchón con la palma de la mano para indicar dónde te quería. Te lanzaste, la empiernaste, descubriste una vez más lo bien que te acomodabas entre sus muslos, la precisión con la que la planta de sus pies reposaban sobre tus empeines. Un beso con poca lengua y a dormir, porque cualquier otra cosa hubiera arruinado el momento.

Pasaron tantos martes, tantos miércoles y tantos viernes como para descubrir que esas nalgas macizas y majestuosas eran la mejor almohada que tu cabeza hubiera conocido jamás. Tantos como para que ella se asegurara de que podía conciliar mejor el sueño si te sujetaba suavemente el pene en una pinza que formaba entre su índice y su pulgar o colocando ambas palmas recostadas de tu barriga. Los osos de peluche siguen existiendo después de grande, te decía al despertar.

Fueron tantos martes, miércoles y viernes (más algunos jueves) como para que la recepcionista bigotuda te dijera: Si pagan la semana completa les sale más barata, pero ustedes deciden.

Alguna vez lo volvieron a hacer, lo hacían como quien se toma un ansiolítico, como el somnífero que sólo se toma de cuando en vez, en caso de emergencia, no fuera cosa que uno acabara adicto. Es que creo que hoy no voy a poder dormir. Vale, vamos a hacerlo un poco que seguro después sí que duermes. Y sí que se podía después, siempre se podía.

Un día, después de la ducha -que ya no daba asco ni necesitaba de chancletas- le preguntaste: ¿Tu marido no sospecha nada? Creo que sí, claro que sabe; igual que tu mujer, nadie es tan tonto.

Esa misma noche, apenas metiste la llave en la cerradura de casa supiste que tu mujer te esperaba al otro lado, sentada en la mecedora. No hizo falta un grito ni una lágrima. Tú estás durmiendo con otra, ¿verdad? Utilizó el eufemismo “dormir”, y precisamente eso fue lo que te dio tan hondo y te hizo mella.

Las maletas te las tenía listas. No hacía falta recoger nada ni prolongar el dolor. Te fuiste de casa con tus maletas y con la certeza de que volverías a poner un pie allí nunca más.

El martes no te apareciste en La Paraulata a las 4. Te esperó en la 401 ese martes, ese miércoles, el jueves y el viernes. Te esperó la semana siguiente, desnudísima en su mitad de la cama y con las sábanas desplegadas. Pero no fuiste.

Un miércoles en el que se te ocurrió por fin ir a explicarlo todo, fue ella quien faltó. Nunca más coincidieron. Ya lo sabes, los descompases son así de crueles.

Tú has vuelto a ser insomne. Estás tan rozando la locura como siempre, pero solo. Y te sientas a escribir estas cosas en segunda persona, como buscando exorcizarlo todo, sacarlo de dentro, vomitarlo, ponérselo encima a alguien más. Mañana a las 4 te darás una vuelta por La Paraulata, quién sabe.